La esquela

JOSÉ ALEJANDRO ARCE: nació en Bella Vista, Corrientes, Argentina, el 13 de enero de 1972. Escribe poemas, cuentos y relatos. Tiene editados seis libros, tres de poemas y tres de cuentos; un poemario inédito artesanal; y ha sido editado en seis antologías, dos internacionales, una nacional y tres provinciales. Director y editor de la revista literaria digital POETA y lleva adelante la editorial de libros artesanales AZAHAR ediciones. Organizador de eventos literarios y ferias del libro en su ciudad y en la región.

JOSÉ ALEJANDRO ARCE: nació en Bella Vista, Corrientes, Argentina, el 13 de enero de 1972. Escribe poemas, cuentos y relatos. Tiene editados seis libros, tres de poemas y tres de cuentos; un poemario inédito artesanal; y ha sido editado en seis antologías, dos internacionales, una nacional y tres provinciales. Director y editor de la revista literaria digital POETA y lleva adelante la editorial de libros artesanales AZAHAR ediciones. Organizador de eventos literarios y ferias del libro en su ciudad y en la región.

Todo estaba o parecía estar en su lugar, los libros llenándose de polvo en los anaqueles, olvidados, nadie leía como antes, el hábito decayó mucho con la llegada del internet.
Ella misma estaba en su lugar, el de siempre, sentada frente su escritorio antiguo, de color caoba y con cajones a los lados, protegido con vidrio para prolongar su vida útil. Sobre este reposaban el añoso arreglo floral confeccionado artesanalmente en papel, ahora adornado con polvo, un portalápiz, también artesanal, confeccionado por algún alumno que decidió donarlo, de alguna de las tantas escuelas primarias de la ciudad que visitaban esporádicamente la biblioteca, conteniendo un par de biromes con la tinta tal vez reseca ya; el libro de actas cerrado, y sobre éste, el libro de visitas abierto en la misma hoja desde hace tiempo, esperando a alguien que devuelva algo de vida al lugar.
En la silla, el almohadón a cuadrillé verde era aplastado por el peso de ella, ya entrada en años y con las huellas del inexorable paso del tiempo; leía el diario del día, con sus ojos verdes ahora vallados por unos finos anteojos recetados.
La mañana se presentaba fresca. Cerró las dos hojas de la pesada puerta de madera que dividía el zaguán de entrada y la sala principal; en ésta, a la derecha, después de trasponer la puerta, se encontraba su escritorio y más allá completando la sala, las mesas y sillas, testigos de tantas lecturas enriquecedoras, de dolores de cabeza por aprender y de algún que otro cabeceo o mirada cómplice entre estudiantes adolescentes y otros no tanto.
Mientras leía, su lectura se veía distraída de tanto en tanto por los recuerdos de tantos años trabajando ahí, cosa rara en ella ya que era de concentrarse mucho en la lectura de turno. En una de esas tantas distracciones se acordó de aquel joven estudiante, diez años más chico que ella, que iba a la biblioteca engominado y muy perfumado, solo para verla, solo para disfrutar de verla cruzar sus piernas por debajo del escritorio cada vez que esta llevaba falda. Siempre tomaba el mismo interminable libro “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha”, tenía por costumbre marcar la página para seguir con la supuesta lectura al día siguiente.
Por alguna extraña razón dejó el diario y se dirigió al lugar donde se hallaba el clásico literario que incesantemente leía aquel jovencito. Lo tomó entre sus manos, resopló el polvillo y por medio de la cintilla que marcaba la última página leída, lo abrió. Para sorpresa suya, se encontró con dos cosas, el libro estaba marcado en la primera página y con un pequeño papel que decía “Usted me gusta, ya es tiempo que se entere”. Sonrió con el papel en la mano. En ese preciso momento, se escuchó gemir a las desvencijadas bisagras de la antigua puerta. Sintió nuevamente aquel viejo y fuerte perfume; él, con su cabello engominado y el paso del tiempo marcado en su rostro, la miró sonriendo y dijo: “Era hora que lo sepas”.

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