El verdadero dolor se siente en carne propia

Debido a las grandes tormentas que azotaban mi ciudad, los cortes de ruta y la imposibilidad de llegar a mi barrio y especialmente a mi casa, regreso a Córdoba con el corazón partido. Sin poder darle un apretado y caluroso abrazo, a mi hija, nietos, hermana, sobrinas, amigos y mis queridos vecinos. Sin poder alcanzar una comida o un café caliente a quién lo necesite.
Sé que no se debe remar contra la corriente, solo quiero pedir perdón a todos, sin distinción o nombres. Te preguntarás perdón por qué? Porque cada vez que me contaban lo sucedido yo respondía ¡cuánto dolor! En este largo y solitario camino de regreso me di cuenta que a pesar de las lágrimas y el nudo en la garganta lo mío no era dolor.
Dolor sintió el que pasó noches de vigilias con el sonido de la torrencial lluvia, con los nudillos rojos e inflamados, de estrujar trapos y trapos para ganarle al agua y salvar lo poco que se podía.
Dolor es ver el inmundo lodo que sin permiso en un minuto te arrebata todo, termina con tus sueños, tus esfuerzos, con tu pasado, con el presente y por qué no con el futuro.
Dolor sintieron las manos sangrantes y ampolladas de los jóvenes que por primera vez empuñaban una pala. Palearon y palearon junto a los mayores, día y noche hasta caer extenuados tras una batalla perdida, pero no vencidos.
Dolor sintieron los que con un rezo en los labios y sin mirar para atrás, debieron salir por los techos porque era la única forma de salvar su vida.
Lo mismo sintieron los bomberos, los soldados, los rescatistas, los que debieron reptar por las calles al ser rescatados, porque si caminaban el lodo los succionaría hasta cortarle la respiración.
Pánico, dolor y terror es lo que sintieron mis amigas de Stella Maris, cuando en la oscura y solitaria noche, la masa de lodo que venía de la ciudad chocó con el embravecido mar, levantando una gigantesca ola, que devolvió por más de 200 metros el lodo, inundando los autos, las casas y en una décima de segundo la dejó atónita, al ver como la cuna de su bebé, por suerte ya vacía, quedaba sepultada, con los juguetes, la ropa, los libros, los sueños.
Dolor de estómagos vacíos, gargantas secas, de ropa y cuerpo mojados tiritando de frío.
Mil significados encuentro hoy en esta palabra, pues es ese el verdadero dolor, el que se siente en carne propia. Es este el motivo que me lleva a pedir disculpas a todos los habitantes de comodoro, que sufrieron en la inundación y en especial a mis queridos amigos y vecinos que no se rinden, que siguen y seguirán luchado para un futuro mejor.

Nora Agustinho – Orgullosa de ser Comodorense

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