10 de junio, Día de la Afirmación de los Derechos – 14 de junio, la batalla final

Malvinas, 1982

Yo viví de cerca la experiencia de la muerte. Tantos rodaron por el abismo con sus memorias y sus olvidos…
No sé si recuerdo o imagino. Porque a los 18 años y en pocos días, me cambiaron el mundo. Cuando volví, era otro el barrio, otra la esquina, otros los muchachos, otra la cancha. Todo mentira.
Me llevaron en un tren fantasma increíble, mientras la incertidumbre me adormecía el cuerpo y el miedo me paralizaba los sentidos. La vida, entonces, fue un retumbar de truenos en los oidos, un dolor lacerante en los pies de trinchera, una ametralladora en la mano. La vida fue la muerte. Llegué a estar en la planicie total, en la soledad total, en la destrucción total. Creo que entonces, morí.
Al poco (o mucho) tiempo la planicie se fue poblando: crecieron yuyos, algunas matas, flores amarillas, plantas espinosas. Yo estaba vacío, vivía vacío; y aprendí la vida de esa naturaleza que estaba naciendo. Un día encontré en mi dedo índice un brote pequeño y después otro. Me fueron creciendo a mi támbién pastos, matas, flores amarillas. No muy grandes, claro, pero suficientes para ir llenando la planicie seca, helada.
Después de otro tiempo (corto o largo) aparecieron las estrellas y con ellas retumbaron en mi cabeza ecos de voces, de gritos y estallidos; en mis ojos destellaron reflejos de espejos, mares de luces, arco-iris de formas y colores. Y mi cabeza se fue poblando otra vez de vegetación. No como la que recordaba, tan grande, tan exhuberante, tan alta y entrañable. Una vegetación chiquita y achaparrada, pero ilusión al fin y con raíces nuevas.
Pero nunca pude volver a ver de nuevo el sol. Siempre sobre mi cabeza llevo pegada, grande, la visera del por qué.

Biby-

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