Plegaria del pescador

Por Sergio Pravaz

El pescador conoce todos los rostros de la luna porque en altamar, cuando sus músculos se acercan al extremo del cansancio, resopla, mira a los lados, levanta la cabeza, se encuentra con ella y le pide en silencio, le regala una plegaria muda y continúa con su faena interminable.
Eso es lo que hace el pescador; vence a la fatiga, asume el riesgo de una inmensidad que se abalanza sobre él mientras labora, pero continúa porque sabe que el pan que lleva debe ser multiplicado, aun cuando pueda ser tragado por esa garganta interminable que es el mar y sus campanas azules de inmensidad.
Las mujeres de los pescadores saben de la angustia, de esa última mirada, el suspiro que busca una respuesta en la palabra corta, apurada, como un espejismo que desde la bruma espera a todas las siluetas que se pierden en el portal húmedo del mar. Desde lejos se persignan, aguantan la humedad de los ojos, el nudo de la entraña; están curtidas por la vigilia de la hora temprana.
Por eso miran con recelo el lugar exacto donde el mar empuja al río y lo derrota con su temperamento de barítono hasta hacerlo retroceder todas las millas necesarias para que se reduzca su impulso y se ponga de rodillas ante tan colosal contienda, de antemano victoriosa.
Las mujeres saben de todo esto como saben parir sin haber parido aún. Miran la desembocadura y no desconocen que Bahía Engaño es un hogar y un comienzo, una pradera húmeda donde brota lo mejor de una canasta que es impulso para el hogar del pescador, alimento para la mesa, un áspero jornal para que todo continúe.
Hazañas cotidianas para maldecir por toda la sangre que lo ha bendecido, por los huesos que bailan y lo saludan por toda la eternidad. El mar tiene un poder que no se calcula ni se puede descifrar, sólo es lo que es y hacia allí van los pescadores porque esa la ruta de una memoria que a todos enlaza, contiene, hermana.
Le debemos todo pero él también nos debe y por eso le cantamos y lo narramos en la reunión nocturna del relato de los viejos, porque es conocimiento que se pasa y así se hace carne. Siempre estuvo y siempre estará para nosotros; tal es su poder, su influencia, que nos hace decir versos, como ese puñado de Elliot, que dicen:
ruega por todos aquellos que están embarcados/ aquellos cuya labor tiene que ver con la pesca/ Repite una plegaria también en nombre de las mujeres que han visto a sus hijos o maridos partir y no volver/ Ruega también por aquellos que están embarcados/ y terminaron su viaje en la arena, en los labios del mar/ o en la sombría garganta que no los devolverá/ o dondequiera que no pueda alcanzarlos el sonido del perpetuo ángelus de la campana marina”.

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