Poemas

Al final del pozo

Dedicado a todos aquellos cautivos en el ámbito de las adicciones

 

 

En el soplo de vida, creador de mi cuerpo,

te arrojaron conmigo.

Desde el embrión, entrañaste mis venas.

Tú estás conmigo desde el principio.

Doblegaste mi carne hasta el infortunio.

Fuiste trabajando en mi sangre

y me has poseído.

Maleaste mis sentidos, me doblegaste.

Siendo un chiquillo, no advertía tu tiranía;

como máquina sin timón,

reproduje tus caprichos.

Hoy, que algo vislumbro, sólo una idea,

de lo que mi ser puro, esclarecido,

hubiera ostentado,

te veo en mi mitad.

Oscurecido, enroscado, agazapado,

en mis acciones torpes y burdas.

Engañaste mis sentimientos, mis juicios.

Trastocaste mi más nítido todo sublimado

y me confundiste entre tus danzas vagas,

tu doping de muerte.

Una sombra de luz pura,

me permitió ver en el transcurso de un tiempo.

Fue la otra cara del espejo.

Pero tus celosos guardianes,

tergiversaron aquel halo infinito

y yo me perdí…

Todos mis impulsos por vencer tu designio,

quedaron sin fuerzas a la mitad del camino.

Créeme que muchas fueron mis noches de desvelo.

Ruda y cruenta mi lucha,

sangriento el campo de batalla.

Cuando quise emigrar por aquel rayo luminoso,

ostentaste en tu mano una fruta dulce,

con corazón de veneno.

Me mostraste un mundo desconocido, maravilloso.

Una música embriagadora me invadía,

mientras tules, flores y versos,

dulcemente me envolvieron.

Nuevamente tomé por tu ruta, elevándome y

mi mundo, no era el mundo

que el rayo iluminaba y

el raciocinio se intoxicaba con tu perfume.

 

 

Me llevaste unos pasos,

y me tiraste al pozo…

Un pozo oscuro, sin fondo, sin peldaños.

Desesperada, arañaba sus costados.

Eran mis realidades.

Uñas y dientes se quebraron en mis esfuerzos,

mientras tus garras despaciosas,

cerraban la entrada…

Sin embargo, tú también sufres.

Porque gran parte de ti, se estaciona en mi dolor,

en mi aliento quejumbroso,

en mi destrucción lenta.

Tu esencia anudada en la mía,

se deteriora en mi tormento…

ambos somos víctimas.

¿Dónde estás tú y dónde estoy yo?

Lo sabremos, tal vez, al final del pozo…

 

 

Graciela María Casartelli-

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