Poemas

La caída en el tiempo

Unos días en el campo harían ceder la fiebre

de preguntas.

Las mañanas serían claras.

Se escucharía el ruido redondo del molino

una vez y otra,

luego

también

el mugido de las vacas.

Iaia vendría con tazones humeantes de café

sobre sus manos

(¿o eran las alas de los ángeles?)

y habría olor a eucaliptos en toda la casa,

vapores en lenta ascensión sobre

los leños.

Me sentiría mejor y le pediría a los peones la yegua blanca.

Andaría entre los pequeños gritos de los teros,

cabalgadura errante de lo que fue mi sombra

amenazada

por la fascinación del mediodía.

 

Él me vería frenar de golpe

y caer

de mi soberbia

altura.

Lo asustaría imaginar

de lejos

que algo grave pudiera suceder.

Luego sabrá que no.

Solamente los golpes

de la vida.

 

Cedería la fiebre,

igual que ceden los médanos a la furia del viento.

Volvería -como se vuelve atrás una película muda-

esa imagen de nosotros antes

de la caída

en el tiempo.

Sin palabras

(un bálsamo su abrazo)

anidaríamos por fin en lo que fue el camino del principio.

 

Del libro La ojera de las vanidades y otros poemas

Norma Etcheverry-

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