Muestras

Osvaldo Bayer (1927/2018)

Osvaldo Bayer (1927/2018)

Es Navidad, el florista silba mientras me prepara el ramo de rosas rojas, él no sabe de mi angustia.
En esta mañana diferente me dirijo al barrio de Belgrano, entre Arcos y Monroe, donde está El Tugurio, la casa de Osvaldo Bayer. Todo es silencio en las calles solitarias, como tantas mañanas en que llegué a este lugar, toqué el timbre, escuché pasos y la puerta se abrió para recibir su abrazo cálido.
Osvaldo fue periodista, historiador, escritor, en su trabajo denunció la opresión a los peones rurales en la Patagonia, fue defensor de los pueblos originarios. Por sus publicaciones sufrió censura y persecución, estuvo preso, en la última dictadura militar debió exiliarse en Alemania, desde donde denunció el terrorismo de Estado.
A su regreso a nuestro país comenzó una vida de viajes, a donde lo invitaban estaba dispuesto a ir, no se podía negar. Siempre tenía una valija preparada para visitar pueblos y ciudades.
Fue el escritor que supo hacerse amigo de sus lectores, en su agenda había lugar para todos.
Cada tres meses visitaba su familia establecida en Europa – Es lo que dejó el exilio – decía.
Frecuenté su casa por más de diez años, me gustaba escuchar sus anécdotas con su particular sentido del humor. Asistí a sus conferencias, presentaciones en la feria del libro, espectáculos de música y teatro. Aprendí de sus palabras y sus silencios, de su ética inquebrantable.
Éramos un nutrido grupo que lo seguíamos, con el tiempo, comenzamos a hacernos amigos.
Conocimos a su familia cuando llegaban a visitarlo y se sumaban a la rueda de concurrentes en El Tugurio, que era la casa de todos.
Su amigo Raúl Indio Fernandez, el hombre que lo acompañaba cuando ya no pudo valerse por sus propios medios, llevándolo en el coche para que podamos disfrutar de su presencia.
A la señora Claudia Toledo, la mujer que lo atendió y cuidó como si fuera de su familia, organizaba su agenda, respondía el teléfono y nos abría la puerta cuando lo visitábamos.
-¿No tenés miedo de que una noche despierten todos estos autores? – Le pregunté un día en su dormitorio con paredes tapizadas de libros.
-No, tengo miedo de que los libros se me vengan encima!
Allí se durmió en Nochebuena, después de tomar el desayuno.
Hacía tiempo que estaba cansado, ya no tenía nada más para escribir, había escrito todo.
Fue el maestro que nos enseñó a soñar con un mundo más justo, sin armas, con la paz eterna.
Partió en su cama, en su casa, en su país del que nunca se quiso ir.
Acomodé el ramo de rosas rojas en la reja de la ventana, entre las flores y carteles con mensajes que su gente le dejó.
Hasta siempre querido maestro, te vamos a extrañar.
Gracias por enseñarme tanto!!!

María Teresa Dittler-

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