El renacer en semilla
Cuento incluido en el libro “Recuerdos de un naufrago”.
De la editorial “El taller del poeta”
…Soy una semilla simple de violeta atrapada en el interior de la tierra. El día anterior, y por causa de una ráfaga de
viento, fui a parar entre la lana de una oveja y aferrada a ella llegué hasta este lugar. Fue aquí, donde y cuando el animal
se sacudió, caí y me introduje entre la tierra del camino; luego, los niños, al salir de la escuela, de regreso a casa y
mientras jugaban, me pisaron con las botas y me hundieron en la húmeda tierra.
La noche ha sido muy fresca. Al amanecer el rocío ha vuelto a humedecer la tierra que me cubre. Se ha filtrado y me ha
empapado como si fuera una esponja. La tierra y el agua producen un efecto de alarma en mi metabolismo y activan mis
enzimas y las hormonas: auxinas y citocininas se ponen a trabajar y provocan mi crecimiento. Noto cómo se inicia una
metamorfosis y mi estructura interior se va dividiendo célula a célula. Es mucha la actividad, la agitación, la
efervescencia a la que estoy sometido. Percibo como si algo grandioso se estuviera forjando en mi interior, algo que trata
de salir con una fuerza tremenda, que busca la salida tanteando a ciegas todo lo que me rodea y que no se detendrá
hasta alcanzar la luz.
Paralelamente comienzo a estirar los brazos, las piernas. ¡Qué digo!: Son raíces que surgen de mi pequeña estructura
celular que escarban en el suelo hostil hasta fijarse como anclas a la tierra. Con ellas bebo lentamente las gotas del rocío
y toda la humedad que puedo, bombeándola desde los capilares hasta el apéndice superior que crece y asciende, al
cobrar energía y reponer las fuerzas. Casi a punto de alcanzar el exterior detecto el calor. El Sol ha calentado la tierra
que me cubre, no mucho, pero lo suficiente para obligarme a un esfuerzo final. Surjo y al fin contemplo cómo mi silueta,
de forma casi imperceptible, muy discreta, comienza a forma parte del paisaje, allí, a ras del suelo.
El sol, al acariciar mi fibrosa piel, la estimula hasta que empiezan a brotar de ella verdes apéndices: son las hojas. La
metamorfosis casi ha concluido. Percibo cómo van adquiriendo un tono verde más oscuro y de entre ellas, en el extremo
superior, surge un pequeño capullo que florece rápidamente. han pasado varios días.
Capto a través de las fibras que conforman mi cuerpo los ruidos que hace al despertar el pueblo cercano. Es una
vibración pausada, profunda, yo diría que hasta extraña. Tengo miedo. La siento tan dentro que hace que tiemble todo mi
cuerpo. Mientras tanto termina de formarse la flor que surge de mí y se abre. La vibración aumenta. Es como si la fuente
que produce tanta vibración estuviera mucho más cerca. La flor se colorea. A través de ella percibo el cielo y la
naturaleza: todo lo que me rodea. Puedo sentir a mi lado a otras compañeras como yo. E en ellas reparo como si fueran
un espejo, que somos de gran belleza.
La tierra cruje muy fuerte, todo se mueve a mi alrededor. Y tras sentir un dolor acerado...
Ya no soy…, no sé lo que soy o en qué me habré convertido. Pero es curioso, todavía puedo sentir y contemplar el aire,
el Sol, el cielo que continúa avanzando hacia el mediodía, los campos y a un hombre alejándose con parte de mí en su
calzado. ¿Entonces… no existo? Presiento que ya no existo. Creo que las botas del labriego se han posado sobre mi
cuerpo y lo han aplastado, dejando en su lugar una mezcla verdosa de fibras muertas.
Mientras el labriego se acercaba, antes de que me pisara y aplastara, pude percibir que al sacar de su bolsa el desayuno,
se le cayeron unas semillas de trigo que llevaba en el interior, debió de ser sin darse cuenta, pero entre ellas, también,
una de violeta.
Una vez más comienza el día. El Sol despunta en el horizonte. Soy de nuevo una semilla que ayer un labriego pisó,
enterrándola y que ahora la humedad...
Jonás Diego Villarrubia Ruiz- |