Poemas

Juguemos a que todas somos madres

Nací hija única. Como víbora que se atraganta con su cola,

me convertí en mujer, otra Melpómene, ‘diosa de la tragedia’

como mi padre le decía a mi madre.

 

‘Eres una mujer hermosa’. Lo siento, Capitán – nos hemos conocido

un poco tarde. Erguido, bigotudo, pintoso, armado, como mi padre.

Soy la Libertad, os lo repito, una bandera. Soy senos. Fui marsellesa.

Y soy quimera, un hecho y mil palabras. Aturdida, histérica, un ser cambiante.

 

Hundidos ya los dientes a patadas, soplados al viento los quijares,

bebida ya la sangre coagulada, rodeada de fieras amaestradas.

Con su orina, su sémen, su ignorancia, sus cigarros…

 

La vagina que muerdes, perro-man que penetras

como un buitre, cabalgas como a tu madre y violas

como a tu hermana, asesino, no sabes que vos también

sos parte del pueblo, gendarme, camarada.

 

Un número y violada: duerme, no llores, no te mates, mira volar las golondrinas

rojo y negro, Y en el campo, recuerda, serás el humor reverberante.

En el lecho colina sin bastiones. Tu juventud nos daba la esperanza.

No la llores, madre. Ella es estrella ahora. Deslumbrante.

 

Muriel: en el despeñadero mapuche pusiste tu fusil en alto

cual llamarada. Fuiste  alumna, hija, tía, hermana, amiga, novia, esposa,

compañera. Amenazada entregada golpeada sucumbida calumniada,

Muriel acribillada.

 

Regaron los baños con tu sangre, te entramparon, desnudaron, enlazaron,

penetraron, cinco, diez, quince, veinte, cien veces. Y finalmente, Muerta. Asesinos

todos hombres, todos blancos, vomitábamos

y aun profanada, no delatabas, no llorabas, nada nos cambiaba.

 

Gritaba el golpeador, el gran dios de los genuinos zánganos,

el colega sin sustancia, el dios de los desarropados con miedo,

el dueño feroz de esa luz incesante con que trataron de desnudarme el alma.

 

No nos fusiles, no nos golpees, ya basta, mataron tu inocencia,

deja que alguien escupa a quien te mate; el amante te abraza,

los padres te suplican, el centinela tiembla, y cuenta: uno, dos, tres

y vuela: eres otra vez una paloma roja y negra vestida de mil soles.

 

No la embarace, no la roce, no la hiera, mejor mátela, Coronel,

y la embaraza, la roza, la hiere, es otra niña,

gime, sangra, se abomina, y la hiena la penetra y la mata…

 

Subiremos otra vez las escaleras

adonde el sol calienta, la primavera va desnuda,

crecen las sierras y los volcanes rugen, hablaremos de los partos,

mientras el torturador nos espera otra vez, para desorientarlo.

 

Juntaremos las manos, y fingiendo

jugaremos a que todas somos Madres como las de Mayo.

Porque nacimos hembras, pero nos hicimos personas.

 

* El titulo obedece a la artimaña cuando éramos interrogadas las mujeres del MIR, cuando estuve detenidas en el Estadio Regional de Concepción. Dedicado a la Memoria de mi ex alumna de la Escuela de Economía de la Universidad de Concepción Muriel Dockendorff, militante del MIR, desaparecida en Chile en 1974, a los 23 años.

Escrito en su versión original después de casi 30 años de silencio poético, ocasionado por dos golpes y el trauma de mis dos exilios, a pedido de Nela Río, Registro Creativo, de la  Asociación Canadiense de Hispanistas, Canadá, para su antología  de denuncia de la violencia contra las mujeres.

 

Marta Zabaleta © Londres-

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