Cuentos

Gloria

Madrugada en Comodoro. Cerca de mi casa se oyen gritos de algunos de los chicos del barrio, que ajenos a cualquier cosa, ríen a carcajadas de algún chiste que cuenta Cheito. Quien era el humorista del grupo, pasado de copas.
Los pájaros despiertan de su letargo nocturno. Perros flacos y juguetones rondan las calles moribundas, mientras tanto suena la alarma que marca la hora del inicio de mi día. Amanece en mi ciudad.
Época de elecciones; algunos votarán al ciudadano modelo de su gusto, otros al candidato que defienda más sus intereses. Y así van desarticulando los días, entre noticias amarillentas y fantásticas realidades que transcurren por estos tiempos.
Mientras tanto yo, como cada mañana, salgo a encontrarme con la claridad del día que golpea mi ventana.
Afuera los chicos ríen entre botellas, cigarros y cumbia de poética barrial. Humores de larga noche convertida en día.
En la esquina contigua veo a Doña Gloria revolviendo la basura como en tanos años. Yo, acostumbrado a verla en esa repetida escena escoltada por sus fieles compañeros perrunos.
Subo al colectivo. En la radio, suena algún programa regional que, casualmente, habla del tema del momento: las elecciones.
Escucho y miro a mi alrededor como queriendo ubicar la realidad que intentan venderme los políticos de turno. Algunos de los pasajeros mueven sus cabezas con resignación, otros insultan sin dar crédito a lo que escuchan. El colectivo sigue su rumbo, al igual que el día su curso.
En mi cabeza surgen incisivas preguntas y una imagen que no logro disipar de mi mente ¿O acaso será de mi alma? Gloria. Aquella viejita desconocida tan familiar, con su cara desgastada, sus viejas bolsas de caridad, su sonrisa sin dientes y con la esperanza intacta. Su aparente felicidad me invade con una sensación de tristeza e irresponsabilidad.
En el trabajo, charlas vacías, totalmente materialistas e insensibles que rebalsan mi tolerancia y siento como un monstruo de ira e incomprensión que va creciendo en mis adentros.
Luego, ante tantas palabras y opiniones de diversas realidades, sé que es hora de trabajar y eso hago. Por un momento mis manos y mente ocupadas en la rutina diaria, que no requiere más que mecánica mental, logra apaciguar mi deseo imperioso de estallar por cualquiera de mis sentidos.
Transcurren las horas y debo marchar a casa. Mi viejo espera mi llegada postrado en su sillita de ruedas. Asimilando los días. Una realidad temprana e inesperada. Aunque animado y seguramente con algún chiste de rutina, que lejos de cansarme siempre asoma una sonrisa a mi desgastado ánimo.
Luego de tanto trajín. En un momento de la tarde, salgo a tirar la basura: comida que sobró, papeles que rompí, y demás cosas varias.
Ahí estaba ella. Gloria, nuevamente en su eterna peregrinación hacia la basura. Buscando quizás pilchas, abrigo o su sustento diario.
Le pregunto con cierta timidez:
— ¿Cómo anda, doña?
— Y aquí, buscando que comer. Me dijo.
–Lindo día ¿No, mijito? Preguntó.
Se me cae el alma. No entiendo mi condición de humano. Ni entiendo la sociedad.
Huyo, escapo, no puedo estar conmigo mismo.
Mientras tanto, a lo lejos en la radio, se oyen los candidatos.
— Como decía Perón: “Todos unidos triunfaremos”. Además, como decía Alfonsín: “Con la democracia se cura, se come y se educa”.
— “Tenemos que lograr una recuperación integral del país, que va más allá de lo económico”.

Gloria me saluda y se aleja indiferente con su sonrisa desdeñosa y  con sus bolsas a cuestas.

Lucas Inayado-

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