Poemas

Las palomas

Hay que ponerse rápido las medias

porque el piso de piedra está frío; en la cocina

desayunamos leche, pan con manteca y miel,

después salimos a cazar palomas

con nuestro rifle de aire comprimido,

mi hermano y yo con menos de once años

y con botas de goma, camisa gruesa a cuadros y balines

en el bolsillo –dos o tres,

los próximos a usar, van en la boca.

Vamos dejando huellas en la helada que empieza a deshacerse,

vamos alerta entre las ramas de los plátanos,

los altos eucaliptos, el nogal, las casuarinas,

los álamos del haras, la pileta,

un tiro cada uno, caminando,

señalando de a ratos las copas del otoño.

 

Después, detrás del lavadero, entre frutales,

las desplumamos y las destripamos:

sosteniendo en la izquierda el peso tibio

vamos sacando plumas con la otra,

las más largas y duras en la cola y el ala,

las fáciles del pecho,

las cortitas y oscuras de la espalda, las más suaves

en el flanco, debajo de las alas en la axila;

 

van quedando en los yuyos enredadas hacia el lado del viento,

pegadas en las manos, suspendidas del aire

cuando se arremolina de repente;

después vamos vaciando el cuerpo, mucho más chico

ahora en relación a la cabeza: primero el buche,

a veces con semillas de girasol intactas que se pueden comer,

apenas agrias, y metiendo con fuerza los dedos hacia arriba

donde termina el esternón, girándolos

dentro del cuerpo todavía caliente, agarrando y tirando para abajo,

arrancamos los largos intestinos y la panza, sacamos los pulmones

como una esponja rosa pegada a las costillas,

los riñones, el hígado, el quieto corazón,

que los perros atrapan sin que toquen

el suelo; en la canilla lavamos las palomas

y les cortamos la cabeza, las atamos

subidos a un banquito de la pata a un alambre hasta la noche.

 

Las manos queman por el frío del agua,

brillan los cuerpos en el aire, al sol; la vida

es material, y la materia

es difícil, sagrada.

 

Alejandro Crotto-

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