Poemas

Un tango para Catalina –

(3ra. Mención Concurso “Al ritmo del 2×4”)

Esta es una de esas historias que se originan en el campo, específicamente en el Alto Río Senguerr. Allí el frío es crudo y el viento, con zumbido agudo, susurra al oído anécdotas inolvidables…

Un 15 de julio de 1935 fue el día en que la madre Catalina concibió a su hijo. Ni bien la partera terminó la función, su marido “Tito” le dijo: “Cebate unos mates Catalina, hay que festejar el nacimiento de nuestro primer hijo varón”.

Mientras compartían esos “amargos” se escuchaba de fondo Radio Libertad que permitía apreciar a Carlos Gardel; el sonido no era bueno, pero esa voz dulce era inconfundible… el Morocho del Abasto cada día canta mejor. Fue justo en ese momento cuando ocurre algo mágico; en el vientre de Catalina faltaba un “destino por parir”; tuvo que dejar los mates y prepararse para el nacimiento de ese segundo hijo prodigio, al que la historia del Tango, lo definiría para siempre como: “El Pelao milonguero”.

El llanto del niño marca las dos primeras notas de un compás tanguero. Nació entre tango y mate un inesperado milonguero. Así como se desprendió de la teta de su madre, el destino le arrancó un viaje interminable hacia el mundo del tango.

“El Pelao”, petiso y narigón como todos lo conocíamos en el pueblo, carecía de elegancia natural y sus dotes físicos no le permitían competir con la fuerza de los gauchos patagónicos; su postura era encorvada, la chuequera y corta estatura no le facilitaba el chamuyo frente a las mujeres; sin embargo, en el momento de bailar, su metamorfosis empezaba a mostrar el brillo de la sensualidad. Este danzar único, con paso corto y a traspié, le permitía seguir un compás que dibujaba corcheas de amor sobre la viruta milonguera.

En cuanto se instaló en Buenos Aires ya sabíamos que lo perderíamos para siempre, porque como dice Le Pera: “viajero que huye tarde o temprano detiene su andar”; y fue justamente en esa “meca” del Tango donde encontró sentido a la vida; a tal punto que el mismísimo “Gordo Pichuco” lo apadrinó como su bailarín de escenario.

Quién iba a imaginar que el “Pelao” triunfaría en la capital, que diría “la Catalina” si lo viera vestido de traje y corbata con zapatos de charol brillantes como su orgullo. El tango era su pasión, la milonga su amante; con ambas recorrería el mundo triunfando por doquier.

Madre mapuche, padre tehuelche, hijo tanguero de la tierra patagónica. El viento lo impulsó hacia el triunfo y como una ráfaga se instaló en el corazón de los milongueros.

Con respecto a las damas de mediados de siglo, tenemos que decir que se mostraban insatisfechas frente a cualquier bailarín “frío”; pero en cuanto caían sobre el torso del “Pelao”, encontraban un corazón que no cansaba de latir al dos por cuatro; su panza prominente las recibía de una manera tal que se sentían flotando sobre los tacos aguja y sus ojos semiabiertos expresaban un rostro cuasi-orgásmico al bailar, que solo el “Pelao milonguero” se los podía brindar. Siempre estaba acompañado de una foto de “Carlitos” Gardel, aquel joven que con el primer tango cantado había sido cómplice de su nacimiento y que después de su trágica muerte en Medellín, se transformaría para el “Pelao”, en un “Dios supremo” al que le dedicaría cada segundo de su baile. En sus exhibiciones siempre oraba a “San Carlos” pidiéndole una noche más de aplausos, elemento fundamental en el motor del alma.

Esta historia del “Pelao”, es como el tango: “tiene olor a vida”; y como la vida tiene sus vueltas, a quien sorprendería esta vez el destino, es a mi…

En un verano caluroso de 1975 (por cuestiones laborales) tuve que viajar a Buenos Aires y en cada momento que deambulaba por la capital me preguntaba si el “Pelao” andaría por aquí; justo a las 11 p.m. de un sábado, horario que a mí siempre me dan ganas de fumar, bajé del hotel en el que me hospedaba a comprar “puchos”, y cuando estoy cruzando la calle Balcarce, ahí lo veo: era el “Pelao”.

Se bajaba de una limousine de color negra espléndida como su traje, y de cada brazo colgaban dos damiselas con faldas tan cortas que permitían observar esas piernas largas y estilizadas por el Tango. Debo confesar que después de tanto tiempo sin vernos me daba vergüenza saludarlo; que le iba a decir yo, un hombre de campo que perduró en el frío Senguerr criando ovejas, a él, un hombre de mundo acostumbrado al ruido de la urbe y de la metrópolis.

La cuestión que al observar que se dirigían a la entrada de la clásica “Flor de milonga” situada en San Telmo, me acerqué un poco más sin animarme a llamarlo, quedé mudo y estupefacto frente a su pulcritud engominada; sin embargo, en cuanto giró su cabeza, fue automático; me clavó la mirada y entre la multitud me gritó: ¡”Negrito!, ¡Hermano querido!”.

En ese instante corrí a abrazarlo, lloramos desgarradamente como lloraba aquel violín del Viejo ciego cantado por Goyeneche.

Después de 20 años (aunque para Gardel no son nada), dos gemelos de sangre, se unían por medio de un abrazo entre carcajada y llanto como si nunca se hubiesen separado del útero materno; en ese momento éramos el “Pelao” y “Cachito” del Senguerr, y nada más.

A partir de ahí no nos separamos más así como yo no me separé más del tango, este pasó a ser mi filosofía de vida. Hoy, con 76 años, supe entender que “el tango es único y sabe esperar”, esperó nuestro encuentro como espera la “queja de bandoneón” cuando dos personas están por bailar.

Ramiro Jorge Ruiz

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *